Autolesiones en la adolescencia: intervenir desde la Educación Social

La adolescencia es el periodo vital en el que, entre otras muchas cosas, el cuerpo y su imagen se convierten en nuestro valor identitario por excelencia: la apariencia de nuestro cuerpo, la forma en la que se mueve y se relaciona, y por supuesto la ropa que lo cubre, te definen por encima de cualquier otra cosa.

Junto con la sexualidad que comienza a despertar, la percepción de la imagen que proyecta el cuerpo conforman el eje de la vida adolescente y determinan gran parte de las emociones, sentimientos y conductas de chicas y chicos, correlacionándose con la autoestima.

Y en un presente absolutamente conectado por las redes sociales es fácil mostrar tu cuerpo muchas veces y a mucha gente, y además recibir feedback.

Hoy día, los/as adolescentes exhiben el cuerpo en busca de reconocimiento, y este llega en forma de “likes”. Sin embargo, algunos/as jóvenes lo autodestruyen. Lo mutilan para siempre: se autolesionan.

Las autolesiones son todas aquellas lesiones provocadas deliberadamente en el propio cuerpo, principalmente en la piel, sin finalidad suicida. Se denominan”autolesiones no autolíticas”.

Son cortes, quemaduras, punciones, arañazos, pellizcos… pero también golpes, arrancarse el pelo e incluso envenenarse.

Tradicionalmente se han considerado como síntomas asociados a patologías psiquiátricas: trastornos límite de personalidad, de conducta, alimentario…
Pero en la actualidad se estima que entre un 13% y un 45% de los adolescentes se han autolesionado al menos una vez en la vida, no estando necesariamente afectados de problemas graves de salud mental. El rango de edad estimado del comienzo de las autolesiones es entre los 11 y 13 años.

¿Por qué algunas personas dañan de forma intencionada su cuerpo? y sobre todo, ¿por qué las/os adolescentes? 

El motivo por el que un/a adolescente se autolesiona es multicausal, es decir tiene su origen en la confluencia de varias causas.

En este sentido, los principales factores de riesgo son:

  • En primer lugar, los problemas en las relaciones familiares. La familia es el principal agente socializador. El niño y la niña aprenden dentro de la familia las conductas y comportamientos que le permitirán desenvolverse socialmente según vaya creciendo. Las familias con estilos inadecuados de crianza, conflictos en las relaciones, separación de los padres… favorecen la escasez de habilidades socioemocionales, así como la aparición de conductas de afrontamiento disfuncionales.
  • Los problemas personales. Estas carencias en habilidades sociales darán pie a su vez a los problemas de relación con sus iguales, de pareja…
  • Determinados rasgos de personalidad: como dificultad para la autorregulación emocional, impulsividad y baja autoestima.
  • Padecer trastornos de salud mental: trastorno límite de la personalidad, depresivo, de estrés postraumático, negativista-desafiante, antisocial…
  • Factores socioculturales: presión y estigma por la orientación sexual o la pertenencia a un grupo minoritario, por ejemplo.
  • Consumo y abuso de sustancias tóxicas: alcohol, drogas…
  • Ser mujer. La estadística indica que son más frecuentes en las mujeres que en los hombres.

¿Pero qué sentido tienen las autolesiones?

Hay varias explicaciones ampliamente estudiadas,

1. Llamadas de auxilio: 

No voy a utilizar lo de “llamadas de atención” porque suena a manipulación, y si bien el adolescente que se autolesiona pretende, efectivamente, que se le haga caso, no sabemos hasta que punto es consciente de ello, es decir: no lo hace adrede. La realidad es que la búsqueda de atención a través de la autolesión es la única manera que puede o sabe utilizar para comunicarse, atraer afecto o manejar su malestar a pesar de que en ocasiones la autolesión se convierta en amenaza, chantaje o se use para culpabilizar a la otra persona.

2. Para escapar del malestar emocional:

Nuestro cerebro está programado para que el dolor físico tenga prioridad sobre cualquier otra situación (es pura supervivencia) y eso incluye al dolor emocional. Por ello, provocarse dolor físico detiene el proceso del pensamiento y los sentimientos. Y cuando hay pensamientos y sentimientos negativos constantes: “mi pareja me ha dejado; no valgo para nada, mis padres no me quieren…” autolesionarse interrumpe este flujo negativo de emociones a la vez que sirve de válvula de escape. Es como una anestesia, por lo que se continuará utilizando. También se usa cuando la persona siente, paradójicamente, que no puede sentir nada, que está vacío… la autolesión causa un dolor y unos sentimientos que llenan ese vacío existencial.

3. Para castigarse a sí mismo/a:

Las/os adolescentes que se autolesionan suelen tener baja autoestima y/o sentimientos de culpabilidad por algo “malo” que han hecho. Con la autolesión se representa el odio y rechazo hacia uno mismo.

4. Para mantener el control: 

Ante situaciones que les sobrepasan, cuando uno no puede controlar a los demás o lo que le rodea, con la autolesión demuestra que sí pueden controlar su propio cuerpo.

5. Para sentirse transgresivos y obtener reconocimiento social de sus iguales.

Se ha demostrado que una conducta dolorosa repetitiva (como un ritual) puede acabar generando placer. Más si se hace para sentirse especiales, valientes… delante de otros adolescentes. Hoy día no es raro difundir las autolesiones en redes sociales, en una insana construcción de la identidad.

6. Como conducta parasuicida:

Pueden ser tentativas previas “a ver que se siente”, ” a ver si lo aguanto”, o pueden demostrar inseguridad y, el/la adolescente se detiene antes de que la conducta sea letal. Se estima que un 15% de las personas que se autolesionan tienen tendencias suicidas. Cuanto más graves y más frecuentes se vuelven las heridas, más peligro entrañan.

Intervención desde la Educación Social

¿Qué podemos hacer las y los educadores sociales ante conductas autolesivas?

Las conductas autolesivas suelen producirse en privado, y aunque en un primer momento suponen un “alivio”, una disminución del malestar, más tarde son motivo de sentimientos de culpa y vergüenza.

Las heridas de la piel, pero también del alma, se esconden y a veces resultan difíciles de detectar. 

Si observamos autolesiones en un menor, ya sea como madres y padres o como educadores u otros adultos de referencia hay que actuar con rapidez. No deben dejarse pasar.

Como he dicho antes, la aparición de autolesiones suele estar motivada por el cruce de varias causas, pero un factor de riesgo de peso es el de la disfuncionalidad de la familia o estilos de crianza disfuncionales. Ojo, que solemos pensar en familias con niveles socioeconómicos y culturales bajos o muy bajos pero no es necesariamente así. La palabra disfuncionalidad se refiere a múltiples problemáticas en la interacción y relación familiar.

Por ello, aquí deben entrar en juego los profesionales de la psicología y la terapia, a mi parecer, entendiendo y atendiendo a la familia como el engranaje de un reloj: en el que si una pieza no funciona bien, el resto tampoco. La intervención debería abarcar todo el sistema familiar.

Otro factor principal y precipitante es el del trastorno mental.

Pero aunque un/a profesional de la psiquiatría lo diagnostique y prescriba tratamiento farmacológico, las madres y padres deben saber que las pastillas no hacen magia.

Por si solas (y dependiendo de la gravedad del trastorno), sin cambios significativos en las condiciones de vida del/la adolescente, no servirán; no del todo.

Y por último, otro desencadenante tiene que ver con los estilos de personalidad, características dominantes en la persona: conductas impulsivas o agresivas, ánimo inestable, hipersensibilidad y, de nuevo, baja autoestima.

Y por fin llegamos a los/as educadores/as sociales: los/as profesionales que tratamos de cambiar y mejorar esas condiciones de vida.

Por un lado, como digo la intervención debe ser familiar.

Y por otro, la intervención debe ser individualizada con el/la adolescente:

Las y los educadores sociales, trataremos de desarrollar en él o ella todas aquellas habilidades sociales que no tiene, y regular aquellas que utiliza de forma inadecuada.

Lo bueno de las habilidades sociales es que se pueden aprender.

Nosotros somos los que, dentro del equipo multidisciplinar siguiendo las pautas psicológicas pertinentes, debemos fomentar un buen autoconcepto y autoestima, enseñar a hacer uso del autocontrol, y potenciar recursos y estrategias de afrontamiento que le permitan manejar situaciones estresantes y problemas sin tener que hacerse daño. 

Por supuesto, también deberemos valorar las competencias parentales, facilitando y dotando, si es necesario, de estrategias y habilidades de crianza positiva a los progenitores.

Intervención en crisis

¿Qué hacemos si pillamos a un/a adolescente autolesionándose?

¿O si en medio de una situación tensa el/la adolescente utiliza la autolesión como amenaza y puede que se le vaya de las manos?

Son situaciones muy estresantes así que mi recomendación es sencilla:

Mantén la calma. Muestra y ofrece un entorno seguro.

Mira directamente a los ojos y escucha activamente.

No recrimines ni juzgues.

Valida sus emociones, sentimientos y pensamientos; no significa que estés de acuerdo, pero sirve para incrementar su confianza.

Sé firme pero siempre afectuoso/a.

Si todo va bien pide y retira el/los objeto/s peligrosos.

Si no va bien y crees que la situación lo requiere, intenta no estar solo/a, porque para proteger y cuidar habrá que intervenir, procurando no hacer daño ni haciéndonos daño.

Las conductas autolesivas comienzan en la adolescencia, pero si no se tratan correctamente pueden acompañarnos durante todo nuestra vida adulta.

Ante las autolesiones, actúa.

No mires a otro lado.

Participa, educa.

Cambiemos el mundo.


Este post se apoya en mi experiencia personal, profesional y la siguiente bibliografía:

“Autolesiones en la adolescencia: una conducta emergente”. JF Zaragozano.

“Autolesiones en el medio penitenciario.” Ajaj Ahmadieh Jurdi

https://www.trastornolimite.com/tlp/trastorno-limite-de-la-personalidad-y-conductas-autoliticas

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