3 cosas que no puedes olvidar en la intervención con Menores Extranjeros No Acompañados

En la dificultad de la intervención socioeducativa que ofrecemos desde los centros de acogida al colectivo de menores extranjeros no acompañados (MENA), a veces, por ridículo que parezca, tengo la sensación de que perdemos de vista lo más elemental:

Son adolescentes.

Son extranjeros.

Están solos.

La adolescencia

La OMS y Unicef consideran adolescentes a las personas que tienen entre 10 y 19 años. Pero hay estudios que prolongan la adolescencia hasta los 22 e incluso 24 años.

Es la etapa de transición a la vida adulta. La etapa del desarrollo en la que damos forma, más o menos definitiva, a nuestra identidad.

De cambios, descubrimientos, miedos, dudas y confusión. De ensayo y error. De cuestionarlo todo.

Si miro atrás, no me veo tan distinta a cuando tenía 17 años. Es cierto que con la edad sumas experiencias, ganas madurez, calma y confianza, pero creo que la esencia de lo que construyes durante ese periodo de la vida prevalece.


Trabajar con adolescentes es para mí muy enriquecedor porque considero que esta etapa vital significa, por encima de todo, oportunidad.

No obstante, entiendo que la mayoría, cuando piensa en adolescencia, piense en rebeldía, despreocupación y hormonas.

Pero las hormonas son solo el inicio de la adolescencia, lo que se denomina pubertad (cambios corporales y maduración sexual).

El verdadero culpable de que los adolescentes sean adolescentes es el cerebro.

Los avances de la neurociencia nos explican el por qué de muchos comportamientos adolescentes y nos ayudan a (re)educar al cerebro.

A menudo, observo como las y los educadores sociales tratamos dialogar y llegar a entendimientos con adolescentes tratándolos como a iguales.

Con explicaciones razonadas y sensatas que un chaval de 16 o 17 años debería ser capaz de comprender.

Y luego veo como algunas (muchas) veces fracasamos estrepitosamente.

Porque, por más que algunos nos saquen una cabeza, su cerebro no es del todo adulto.

Rasgos como la impulsividad, la falta de estrategias de afrontamiento, la escasa autorregulación emocional, la asunción indiscriminada de riesgos, la exigencia de la inmediatez, el «no» siempre por delante e, incluso, lo que les cuesta madrugar por las mañanas… tienen una explicación neurobiológica.

Con esto no quiero decir que todo vale: «¡Hala, como tu cerebro está aún madurando, haz lo que te dé la gana!» No. No se trata de esto.

Madurar implica poner en práctica estas conductas, pero sobre todo, tener quién te ayude a regularlas.

Ese «quién» normalmente son los padres, pero en este caso somos las y los educadores sociales.

Ser extranjero

Vienen desde Marruecos, Argelia, Guinea Conakry, Sierra Leona, Costa de Marfil, Etiopía, Siria o India… Esto significa que pertenecen a otras culturas.

Diferentes culturas implican diferencias significativas de costumbres, hábitos, incluso habilidades: otras formas de entender la vida.

La cultura en la que crecemos lo envuelve todo.

Y no solo su cultura es diferente a la nuestra, sino que conviven con otros jóvenes como ellos que, aunque comparten motivaciones de partida, provienen a su vez de entornos culturales muy distintos.

@ugurgallen

Ser extranjero también significa, en su caso, no hablar nuestro idioma.

Pero resulta que las y los educadores sociales trabajamos en la cotidianidad del día a día a través del lenguaje: del diálogo.

Las diferencias idiomáticas son el desencadenante de muchas discusiones e incomprensión entre educadores/as y menores. Ellos no pueden transmitir lo que piensan, sienten o necesitan; nosotros somos incapaces de entenderlos y viceversa.

Ser extranjeros, además conlleva, y es un agravio comparativo con los menores tutelados nacionales, que han de regularizar su situación administrativa en el país.

Lo que no es tan sencillo ni una mera cuestión legal. También lo es social y emocional.

En su caso, parece que importa más el hecho de ser extranjeros que el de ser menores.

Están solos

Han perdido sus referentes.

Nosotros somos o seremos (si lo conseguimos) el espejo en el que se van a mirar. La imagen de lo que no son, pero podrían ser.

Sin embargo, el reflejo que les devolvemos les resulta ajeno: no somos sus progenitores, ni pertenecemos a su cultura, ni hablamos su lengua.

Nosotros no representamos muchos de sus valores.

Se reconocerán en su grupo de iguales. Este será a priori su gran referente. Por ello, conocer el clima del grupo y el rol de cada chaval nos dará mucha información útil para desempeñar nuestro trabajo.

Y en algunos casos, les «embriagará» el hecho de estar solos. Han vivido en la calle. Han atravesado un continente, o como poco, un mar. Creen que lo saben todo y una vez aquí, no quieren responder ante nadie.


Cada uno de los componentes de este trío: adolescentes extranjeros solos, es factor fundamental a tener en cuenta antes, durante y después de la intervención.

Aspectos que se retroalimentan y que conforman la particularidad del colectivo MENA.

Pero si tengo que elegir de entre alguno de ellos, me quedo claramente con la adolescencia.

Los menores extranjeros no acompañados son, por encima de todo, adolescentes.

Y desde ese convencimiento los acompaño.

Participa, educa.

Cambiemos el mundo.

5 comentarios sobre “3 cosas que no puedes olvidar en la intervención con Menores Extranjeros No Acompañados

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  1. ¡Muchas gracias Víctor por comentar! El colectivo de menores extranjeros no acompañados se merece una visibilización positiva, y desde aquí yo seguiré trabajando en esa línea. Me alegro que te sea de ayuda. Le echo un ojo a tu enlace. Un saludo.

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