Sobre los cambios: miedos y culpas de una educadora social.

“Las cosas no valen por el tiempo que duran, sino por las huellas que dejan”

Proverbio árabe.

Estoy en un poco en crisis.

Resulta que a las y los educadores sociales también nos pasa.

Estoy en temporada de cambios. Mi cabeza no para en todo el día, pero sin embargo estoy distraída, ensimismada, ausente. Más de lo habitual.

Estoy que no estoy.

A mis 41, no es la primera vez que cambio de trabajo, pero reconozco que esta es la que más me está costando.

He llegado a la conclusión que tiene que ver con que he cambiado algo que realmente disfrutaba por algo desconocido.

La incertidumbre. El no saber lo que vendrá. ¿Será bueno para mí? ¿Va a ser mejor?

Dicen, los que saben de esto, que los cambios conllevan un triple duelo:

-Por lo que fue y ya no es.

-Por lo que ya no es y creímos que sería.

-Y por lo que ya no será.

Yo añadiría ¿¿¿y entonces qué será???

Romper con lo cotidiano: trabajo, relación, vínculos… da un poco de miedo. ¿NO?

Pues nunca me había sentido yo así. Respeto sí, pero no miedo.

Quizás porque cuando he decidido cambiar algo importante en mi vida lo he hecho con total convicción. Me he podido equivocar, pero estaba convencida.

Quería cortar, pasar página. Quería cambiar.

Y ahora no. Ahora me he sentido empujada. Presionada. Casi obligada. No por nadie, pero sí por todos. Por las circunstancias. Porque todos a mi alrededor ven lo muy positivo del cambio. Y yo no es que no lo vea: lo veo, es cierto.

Pero,

¿Dónde queda lo que no se ve?

Mi implicación emocional. El aceptar de forma incondicional. Creer en las posibilidades de mejora. Toda la empatía generada. La autenticidad. La complicidad. Los abrazos.

El vínculo.


Me asaltan las dudas y la culpabilidad:

¿He sido una buena profesional?

¿O un exceso de cercanía y proximidad me están pasando factura?

Seguro que hay un equilibrio perfecto. Una distancia correcta.

Una que te permite acompañar y posibilitar el desarrollo personal del/la usurario/a sin comprometer el logro de los objetivos marcados.

Si la distancia profesional es excesiva, hagas lo que hagas, no se creará el vínculo. Sin vínculo no habrá confianza, y sin confianza no hay intervención que valga. Al menos no una que deje huella. No a largo plazo.

¿Y si la distancia es demasiado corta? Entonces te costará poner límites. Eso de: “la confianza da asco”. Y los límites son necesarios, imprescindibles. Sitúan, son una referencia. Aportan estabilidad y devuelven la responsabilidad de sus acciones a los chavales.  Límites individualizados, reflexivos y reparadores.

Quizás he pecado en ocasiones de demasiada afectividad, pero también os digo que no he dejado de poner límites.

Entonces ¿de dónde vienen el miedo y la culpa?

Y mientras escribo esto, me doy cuenta de que el miedo que siento no es a cambiar de trabajo. El trabajo saldrá o no saldrá, y si no sale volveré a cambiar.

Tampoco es culpa. No me siento culpable, porque nadie es perfecto, aunque sea educador/a social ;). Porque sé que a veces me equivoqué, pero también que me esforcé, rectifiqué y traté de hacerlo lo mejor posible.

El miedo:

Es a dejar de saber de ellos. A dejar de formar parte de sus decisiones importantes. A ya no estar en sus vidas.

La culpa:

Es sentir que los dejo tirados. ¿Se sentirán estafados? ¿Engañados?

¿Se puede NO querer romper el vínculo una vez que finaliza la relación “puramente laboral”? ¿Es eso profesional?

Yo creo que depende del momento y de las personas. Pero romper, sin más, algo que te ha costado tanto construir con paciencia, con cariño, con dedicación… eso sí me parece mal. ¡Está mal!

Por eso, aunque me suponga un coste emocional, yo voy a seguir cuidando el vínculo.  Me sale a cuenta.

Y a partir de aquí, me quedo con las palabras de alguien a quien admiro, un gran profesional. Alguien que me ha recordado que este trabajo es vocacional, y que si lo sigo haciendo con “GUST, CAP y AMOR” se me devolverá multiplicado por mil.

Pues en esas estoy.

Gràcies per tot D.

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