Desventajas de partida, menores en riesgo y educación social

Algunos nacemos con más suerte que otros. Y cuando hablo de suerte me refiero al entorno. Me refiero a la realidad que nos rodea y afecta a nuestras vidas.

Estaréis de acuerdo que no es lo mismo llegar a una familia amorosa, con una buena situación económica, un alto nivel educativo, y que dedica su tiempo a estar juntos… que aterrizar en una familia en riesgo social.

Qué significa que una familia está “riesgo social”. Normalmente se encadenan varios factores entre los que se encuentran: la falta de empleo, una baja formación, monoparentalidad, adicciones, violencia, falta de apoyo social, discapacidades, enfermedades…

Esta suma de circunstancias (una, varias o todas a la vez) puede dar lugar a que la familia, en vez de constituirse como lo que es: el principal sistema afectivo, de cuidado, de apoyo y formación integral para los menores, se convierta en su principal hándicap.

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Su entorno más básico y fundamental, aquel que debe proporcionarles herramientas para un óptimo desarrollo socioemocional, se convierte, sin embargo, en su principal desventaja social.

A esto le tenemos que sumar el resto de factores socializadores principales: tipo de barrio (la calle), grupo de iguales (amistades), escuela… Incluso yo diría más: país, migración, hambre, guerras… en fin… suerte.

Hay que tener en cuenta que si la familia falla, los menores buscarán otro referente. Y lo encontrarán en las amistades y en la calle.

La cosa es que las niñas y niños que nacen en estas circunstancias parten ya, de inicio, sin comerlo ni beberlo, con una importante desventaja social.

No tienen la culpa.

Tampoco tienen las mismas oportunidades.

Pero sí muchas posibilidades de reproducir esta coyuntura en sus vidas adultas.

La pobreza, los problemas, los riesgos sociales se “heredan”.

De estos entornos desventajosos surgen menores con distinto grado de riesgo social: desde los que sufren fracaso escolar (mínimo riesgo), hasta los que delinquen y/o sufren abusos sexuales y maltrato (máximo riesgo).

Algunos se convertirán en adolescentes y adultos socialmente inadaptados y/o marginados.

Según los últimos datos del INE, la tasa de riesgo de pobreza o exclusión social en 2016 para menores de 16 años fue del 31,7%. Una tercera parte de los menores de 16 años en España está en riesgo de exclusión.

Y es cierto que hay quien consigue superar las dificultades y hacerse a sí mismo.

Pero si la mayoría de las personas fueran capaces de enfrentarse y superar solas todo esto… ¿Existirían tantos problemas sociales? ¿Haríamos falta profesionales sociales?

Para acabar con estas desventajas y evitar la desprotección de los menores, la ley establece una serie de medidas:

Se dice que el menor está en riesgo cuando se considera que el daño ejercido contra el menor no es tan grave como para separarlo del núcleo familiar. Se realiza la intervención dentro de la familia para eliminar y prevenir los factores de riesgo.

Se dice que el menor está en desamparo cuando sufre abusos sexuales, maltrato, negligencia física y/o emocional, abandono… Entonces las administraciones lo extraen del núcleo familiar.

¿Cómo afrontamos esta problemática desde la educación social?

La y el educador social debe ser un referente. El espejo donde se mire el menor. Lo acompaña en sus procesos personales y le ayuda descubrir sus potencialidades y sus capacidades. Actúa de mediador entre el menor y la realidad.

No olvidéis que estamos hablando de niños con más que posibles carencias en cuanto a aprendizajes, habilidades sociales, emocionales y comunicativas.

¿Dónde trabajamos?

Dependiendo de grado de riesgo social el que se encuentre el menor:

Centros educativos, centros juveniles, centros socioculturales, en la calle (educadores de calle), centros de día, centros de menores de recepción, centros de menores de acogida, hogares funcionales, centros de emancipación, acogimiento familiar y adopción.

¿Qué funciones realizamos?

  • Participar en la evaluación inicial del menor y su familia. Diagnosticar.
  • Participar en la elaboración del plan de intervención.
  • Atender y supervisar al menor.
  • Orientar y acompañar al menor en las actividades programadas en el plan de intervención, con el fin de lograr los objetivos propuestos.
  • Desarrollar las tareas del educador-tutor.
  • Realizar observaciones y registros necesarios.
  • Apoyar y orientar a las familias.
  • Participar en la evaluación de resultados del plan de intervención del menor y su familia.
  • Contribuir a la toma de decisiones que afecten al menor.
  • Planificar y realizar los programas en la atención residencial.
  • Colaborar y coordinarse con otros profesionales.
  • Elaborar informes y documentos.

Como siempre, espero que esta información te ayude a conocernos más y mejor.

Participa, educa.

Cambiemos el mundo.

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